miércoles, 30 de abril de 2008

Embeleso por Sanz


Gaspar Sanz me tiene embelesada. Por los momentos, he aquí su "laberinto" de posiciones o acordes básicos para la guitarra barroca, y más arriba un CD de Hopkinson (Hoppy) Smith, donde registra su interpretación con la guitarra barroca.
La música de Sanz es como estar ebria pero consciente, y el caso con este autor es que una vez que se conoce la afinación de la guitarra barroca, y se escucha en el instrumento original, su música no vuelve a ser la misma. Curiosamente, esto no pasa (o pasa menos) con los otros instrumentos "de época", como con la vihuela, la guitarrilla o el laúd; con los cuales las transcripciones se ajustan un poco mejor; o suelen satisfacer mejor el espíritu "original".
La guitarra barroca es veleidosa, es dionisíaca, adictiva -dice mi maestro Bartolomé Díaz-, alocada, despeinada, posesiva, poseída, maravillosa, graciosa, erótica... es muy femenina y delirante, me despierta pasiones oscuras, me incita a hacer travesuras, rasgo sus cuerdas y me provoca comer uvas y aceitunas y abrir la nevera como en "Nueve semanas y media"; suenan sus cuerdas y se escuchan carcajadas...
Bueno, todo eso es imposible de traducir en una guitarra moderna. La verdad es que ya Sanz no es lo mismo en una guitarra moderna, aunque sea con Narciso Yépez y su guitarra de diez cuerdas. Las campanelas y los intervalos sonando hasta el infinito son imposibles de reproducir en la moderna. Ahí es donde está la clave del asunto. Las dichosas campanelas. Cuando se tratan de hacer en la moderna, no se entiende muy bien, porque por más que sea, el encordado de la guitarra actual tiene un orden cartesiano, de agudo a grave y viceversa. La barroca no. Ella va de agudo a grave a agudo, y la quinta cuerda al aire es equísona a la tercera pisada en el segundo traste, exactamente. Luego, se puede hacer sonar un intervalo de segunda, con la quinta al aire y la tercera al aire, y dejar suspendido en el espacio esa loca campanela. Y así por el estilo. Escúchese con cuidado, con sumo cuidado, cualquiera de las piezas de Sanz, en su guitarra original, y morderá la almohada de placer!!!!

miércoles, 23 de abril de 2008

Recientes presentaciones





Daré cuenta a continuación de los recientes conciertos realizados con el espectáculo "Juana Francisca, la Trovadoresa".

El pasado 7 de marzo estuve en la Universidad Católica Santa Rosa, en ocasión del Día Internacional de la Mujer; como ya lo reseñé en un anterior "post".

Luego, el jueves 27 de marzo estuve en el Conjunto de Auditorios de la Universidad Simón Bolívar. Fue un concierto muy grato, y allí tuve que hacer una pequeña variación del performance, porque cuando entré al escenario, me olvidé la guitarrilla allí. Entonces, resolví entrar cantando en seco y comentando, mientras bajaba las escaleras hasta el escenario. Me gustó mucho tocar en ese lugar, sobre todo por la cantidad de estudiantes que fueron. Además, tuve entre el público a la compositora Adina Izarra, al editor y poeta Edgar Vidaurre, junto a su hijo estudiante de guitarra; igualmente, Jakelin Liz, excelente cantante e intérprete, quien me obsequió un hermosísimo disco de música latinoamericana que hizo junto a su hija; un lujo que ya reseñaremos aquí en el blog. Me agradó muchísimo haber estado en Sartenejas, entre otras razones porque está en el Municipio Baruta, del cual mi hija Ana Margarita es nativa. Ese lugar trajo a mi memoria una historia que estoy cocinando en mi mente para hacer un segundo espectáculo con Juana Francisca y otro repertorio para la guitarrilla... pero ya os hablaré de ello cuando lo tenga listo. Aún está en cocción.

Después toqué el jueves siguiente, 3 de abril, en el Auditorio del Liceo Andrés Bello, ubicado en la avenida México, cerca del Parque Carabobo (Caracas). La ocasión fue propicia para dar la bienvenida a los estudiantes del Colegio Universitario Francisco de Miranda. Me encantó el auditorio, sobre todo porque recordé unas anécdotas que mi mamá -ex estudiante de ese liceo-me contó: resulta que mi madre, por allá en los años 50 fue alumna del profesor Fredy Reyna, nada más y nada menos que el maestro que investigó con el cuatro acompañante hasta llevarlo a los "extremos" del cuatro solista, algo que para su época fue realmente novedoso. Claro, no podríamos asegurar a pies juntillas si tal cosa se había hecho antes o no, ya se investigará; no obstante, a Reyna hay que darle el crédito de proponer una nueva mirada al cuatro venezolano. Lo que hizo fue afinar el cuatro criollo a la manera renacentista, como la guitarrilla. También he comentado esto en un "post" anterior. A lo que quiero referirme es que mientras toqué en ese venerable auditorio, no pude evitar pensó en las veces que el maestro Reyna debió presentarse allí. No sé si así fue o no, lo cierto es que el maestro Reyna me inspiró esa noche, y para mi fue una experiencia inolvidable, haber estado frente a esos muchachos, muchos de los cuales jamás habían visto un instrumento como la guitarrilla, disfrutando de esta música extraordinaria; también (y tan bien) tocada por Reyna. La primera imagen de esta entrada es una ilustración alusiva, la invitación al concierto.

Luego vino mi participación en el III Festival Internacional de Guitarra de Choroní. Otra experiencia extraordinaria. Inicialmente, mi participación iba a ser en la noche del sábado 5 de abril; pero luego se cambió para la mañana del domingo 6. Lo primero es que fue mi primera vez a esa población costera del estado Aragua. Luego de una carretera estrecha, llena de curvas y unos cuantos baches, y tres horas de recorrido, llegamos a Choroní: describir el pueblo no tiene palabras. No sé cómo hacerlo, porque "hermoso", "hermosísimo", "mágico", "maravilloso" son palabras que no le dan a los talones -si los tuviera- a la población. Esa combinación de bosque tropical, con río que baja de la montaña y bautiza delicadamente el aroma, la vista, el tacto, el alma y desemboca en un mar ancho, brioso, azulísimo; de gente tan amable que no se puede creer, de paz y sosiego... no sigo, quedo corta, cortísima. No hay otra opción sino ir y experimentar.

Ese sábado llegamos a mediodía, e inmediatamente fuimos a la playa. El plural se refiere a todos los participantes y organizadores del festival: Luis Quintero, su esposa Flor Oquendo, los guitarristas Ciro Carbone, Roberto Fabbri y su novia, Tom Kerstens, Pablo de la Cruz, Bruno Pedros, Marina Parilli, y quien suscribe, que me convertí en tiburona, ballena, sardina...

En la noche vino el concierto estelar con los cuatro guitarristas. Si siguen la secuencia de arriba hacia abajo, verán que luego del programa de Choroní hay una secuencia fotográfica: primero Luis Quintero presentó a los solistas, luego vino Ciro Carbone, siguió Roberto Fabbri, Pablo de la Cruz y, por último, Tom Kerstens. Cuatro estilos diferentes, extraordinarios, impecables. Sin duda a la altura. De ese concierto, que se realizó en el Hotel Hacienda El Portete, nos trasladamos hasta el hostal Piapoco, que fue donde pernoctamos. Allí, luego de disfrutar de una cena maravillosa, el guitarrista flamenco Bruno Pedros se unió al nieto del maestro Fredy Reyna quien toca el cajón, y juntos se lanzaron con un velada inolvidable, donde también participó una chica maravillosa bailando flamenco. (En este momento omito los nombres, porque no los tengo a mano, pero en cuanto los precise corrijo el blog).
Al día siguiente me tocó abrir el concierto, en el mismo Piapoco. Luego me siguió la maestra Parilli, y por último el ensamble de Luis Quintero.
De ese día, salto para el concierto más reciente, ocurrido ayer en la noche. En el marco del VIII Encuentro Internacional de Escritoras, la presidenta del evento, la poeta venezolana Astrid Lander, me invitó a tocar, y el concierto se realizó en la Sala Cabrujas de la Fundación Cultural Chacao. La sala posee un extraordinaria acústica, y mi público, integrado en su totalidad por escritores y poetas, me comentaron sobre lo fino del espectáculo. Me gustó mucho tocar para ellos, y al final me premiaron con una bella rosa y panecillos elaborados con la receta de Emily Dickinson.
Ahora me queda precisar mi actuación en la Quinta de Anauco, y el concierto del 5 de junio en la Casa de la Historia. Salud!!!

miércoles, 16 de abril de 2008

El celoso estremeño


Vengo de clases con Bartolomé Díaz, donde estoy profundizando con la guitarra barroca. El maestro me puso una tarea: leer "El celoso estremeño": en esa "Novela Ejemplar" de Miguel de Cervantes y Saavedra hay un episodio sobre una lección de guitarra. Quiero compartir con todos ustedes su lectura, porque parte de ese espíritu dionisíaco, profundo y profundamente barroco, visceral es el que imbuye a nuestra guitarra barroca. Pronto os comentaré sobre lo que se está preparando al respecto. Mientras tanto, disfrutad de la lectura!!!
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Novela del Celoso estremeño (extracto)
Por Miguel de Cervantes y Saavedra
(En la primera parte de la novela se narra cómo el anciano Carrizales, casado con la bella Leonora, siendo celoso la encerró en una casa con todas las comodidades. Loaysa, un " virote (mozo soltero, que a los recién casados llaman mantones)" quería saber qué ocultaba Carrizales y por qué. Así que se ganó la confianza del negro Luis, prometiéndole que le enseñaría a tocar la guitarra)

(...) ­Yo ­respondió Loaysa­ soy un pobre estropeado de una pierna, que gano mi vida pidiendo por Dios a la buena gente; y, juntamente con esto, enseño a tañer a algunos morenos y a otra gente pobre; y ya tengo tres negros, esclavos de tres veinticuatros, a quien he enseñado de modo que pueden cantar y tañer en cualquier baile y en cualquier taberna, y me lo han pagado muy rebién.
­Harto mejor os lo pagara yo ­dijo Luis­ a tener lugar de tomar lición; pero no es posible, a causa que mi amo, en saliendo por la mañana, cierra la puerta de la calle, y cuando vuelve hace lo mismo, dejándome emparedado entre dos puertas.
­¡Por Dios!, Luis ­replicó Loaysa, que ya sabía el nombre del negro­, que si vos diésedes traza a que yo entrase algunas noches a daros lición, en menos de quince días os sacaría tan diestro en la guitarra, que pudiésedes tañer sin vergüenza alguna en cualquiera esquina; porque os hago saber que tengo grandísima gracia en el enseñar, y más, que he oído decir que vos tenéis muy buena habilidad; y, a lo que siento y puedo juzgar por el órgano de la voz, que es atiplada, debéis de cantar muy bien.
­No canto mal ­respondió el negro­; pero, ¿qué aprovecha?, pues no sé tonada alguna, si no es la de La Estrella de Venus y la de Por un verde prado, y aquélla que ahora se usa que dice:
A los hierros de una reja
la turbada mano asida...
­Todas ésas son aire ­dijo Loaysa­ para las que yo os podría enseñar, porque sé todas las del moro Abindarráez, con las de su dama Jarifa, y todas las que se cantan de la historia del gran sofí Tomunibeyo, con las de la zarabanda a lo divino, que son tales, que hacen pasmar a los mismos portugueses; y esto enseño con tales modos y con tanta facilidad que, aunque no os deis priesa a aprender, apenas habréis comido tres o cuatro moyos de sal, cuando ya os veáis músico corriente y moliente en todo género de guitarra.
A esto suspiró el negro y dijo:
­¿Qué aprovecha todo eso, si no sé cómo meteros en casa?
­Buen remedio ­dijo Loaysa­: procurad vos tomar las llaves a vuestro amo, y yo os daré un pedazo de cera, donde las imprimiréis de manera que queden señaladas las guardas en la cera; que, por la afición que os he tomado, yo haré que un cerrajero amigo mío haga las llaves, y así podré entrar dentro de noche y enseñaros mejor que al Preste Juan de las Indias, porque veo ser gran lástima que se pierda una tal voz como la vuestra, faltándole el arrimo de la guitarra; que quiero que sepáis, hermano Luis, que la mejor voz del mundo pierde de sus quilates cuando no se acompaña con el instrumento, ora sea de guitarra o clavicímbano, de órganos o de arpa; pero el que más a vuestra voz le conviene es el instrumento de la guitarra, por ser el más mañero y menos costoso de los instrumentos.
­Bien me parece eso ­replicó el negro­; pero no puede ser, pues jamás entran las llaves en mi poder, ni mi amo las suelta de la mano de día, y de noche duermen debajo de su almohada.
­Pues haced otra cosa, Luis ­dijo Loaysa­, si es que tenéis gana de ser músico consumado; que si no la tenéis, no hay para qué cansarme en aconsejaros.
­¡Y cómo si tengo gana! ­replicó Luis­. Y tanta, que ninguna cosa dejaré de hacer, como sea posible salir con ella, a trueco de salir con ser músico.
­Pues ansí es ­dijo el virote­, yo os daré por entre estas puertas, haciendo vos lugar quitando alguna tierra del quicio; digo que os daré unas tenazas y un martillo, con que podáis de noche quitar los clavos de la cerradura de loba con mucha facilidad, y con la misma volveremos a poner la chapa, de modo que no se eche de ver que ha sido desclavada; y, estando yo dentro, encerrado con vos en vuestro pajar, o adonde dormís, me daré tal priesa a lo que tengo de hacer, que vos veáis aun más de lo que os he dicho, con aprovechamiento de mi persona y aumento de vuestra suficiencia. Y de lo que hubiéremos de comer no tengáis cuidado, que yo llevaré matalotaje para entrambos y para más de ocho días; que discípulos tengo yo y amigos que no me dejarán mal pasar.
­De la comida ­replicó el negro­ no habrá de qué temer, que, con la ración que me da mi amo y con los relieves que me dan las esclavas, sobrará comida para otros dos. Venga ese martillo y tenazas que decís, que yo haré por junto a este quicio lugar por donde quepa, y le volveré a cubrir y tapar con barro; que, puesto que dé algunos golpes en quitar la chapa, mi amo duerme tan lejos desta puerta, que será milagro, o gran desgracia nuestra, si los oye.
­Pues, a la mano de Dios ­dijo Loaysa­: que de aquí a dos días tendréis, Luis, todo lo necesario para poner en ejecución nuestro virtuoso propósito; y advertid en no comer cosas flemosas, porque no hacen ningún provecho, sino mucho daño a la voz.
­Ninguna cosa me enronquece tanto ­respondió el negro­ como el vino, pero no me lo quitaré yo por todas cuantas voces tiene el suelo.
­No digo tal ­dijo Loaysa­, ni Dios tal permita. Bebed, hijo Luis, bebed, y buen provecho os haga, que el vino que se bebe con medida jamás fue causa de daño alguno.
­Con medida lo bebo ­replicó el negro­: aquí tengo un jarro que cabe una azumbre justa y cabal; éste me llenan las esclavas, sin que mi amo lo sepa, y el despensero, a solapo, me trae una botilla, que también cabe justas dos azumbres, con que se suplen las faltas del jarro.
­Digo ­dijo Loaysa­ que tal sea mi vida como eso me parece, porque la seca garganta ni gruñe ni canta.
­Andad con Dios ­dijo el negro­; pero mirad que no dejéis de venir a cantar aquí las noches que tardáredes en traer lo que habéis de hacer para entrar acá dentro, que ya me comen los dedos por verlos puestos en la guitarra.
­Y ¡cómo si vendré! ­replicó Loaysa­. Y aun con tonadicas nuevas.
­Eso pido ­dijo Luis­; y ahora no me dejéis de cantar algo, porque me vaya a acostar con gusto; y, en lo de la paga, entienda el señor pobre que le he de pagar mejor que un rico.
­No reparo en eso ­dijo Loaysa­; que, según yo os enseñaré, así me pagaréis, y por ahora escuchad esta tonadilla, que cuando esté dentro veréis milagros.
­Sea en buen hora ­respondió el negro.
Y, acabado este largo coloquio, cantó Loaysa un romancito agudo, con que dejó al negro tan contento y satisfecho, que ya no veía la hora de abrir la puerta.
Apenas se quitó Loaysa de la puerta, cuando, con más ligereza que el traer de sus muletas prometía, se fue a dar cuenta a sus consejeros de su buen comienzo, adivino del buen fin que por él esperaba. Hallólos y contó lo que con el negro dejaba concertado, y otro día hallaron los instrumentos, tales que rompían cualquier clavo como si fuera de palo.
No se descuidó el virote de volver a dar música al negro, ni menos tuvo descuido el negro en hacer el agujero por donde cupiese lo que su maestro le diese, cubriéndolo de manera que, a no ser mirado con malicia y sospechosamente, no se podía caer en el agujero.
La segunda noche le dio los instrumentos Loaysa, y Luis probó sus fuerzas; y, casi sin poner alguna, se halló rompidos los clavos y con la chapa de la cerradura en las manos: abrió la puerta y recogió dentro a su Orfeo y maestro; y, cuando le vio con sus dos muletas, y tan andrajoso y tan fajada su pierna, quedó admirado. No llevaba Loaysa el parche en el ojo, por no ser necesario, y, así como entró, abrazó a su buen discípulo y le besó en el rostro, y luego le puso una gran bota de vino en las manos, y una caja de conserva y otras cosas dulces, de que llevaba unas alforjas bien proveídas. Y, dejando las muletas, como si no tuviera mal alguno, comenzó a hacer cabriolas, de lo cual se admiró más el negro, a quien Loaysa dijo:
­Sabed, hermano Luis, que mi cojera y estropeamiento no nace de enfermedad, sino de industria, con la cual gano de comer pidiendo por amor de Dios, y ayudándome della y de mi música paso la mejor vida del mundo, en el cual todos aquellos que no fueren industriosos y tracistas morirán de hambre; y esto lo veréis en el discurso de nuestra amistad.
­Ello dirá ­respondió el negro­; pero demos orden de volver esta chapa a su lugar, de modo que no se eche de ver su mudanza.
­En buen hora ­dijo Loaysa.
Y, sacando clavos de sus alforjas, asentaron la cerradura de suerte que estaba tan bien como de antes, de lo cual quedó contentísimo el negro; y, subiéndose Loaysa al aposento que en el pajar tenía el negro, se acomodó lo mejor que pudo.
Encendió luego Luis un torzal de cera y, sin más aguardar, sacó su guitarra Loaysa; y, tocándola baja y suavemente, suspendió al pobre negro de manera que estaba fuera de sí escuchándole. Habiendo tocado un poco, sacó de nuevo colación y diola a su discípulo; y, aunque con dulce, bebió con tan buen talante de la bota, que le dejó más fuera de sentido que la música. Pasado esto, ordenó que luego tomase lición Luis, y, como el pobre negro tenía cuatro dedos de vino sobre los sesos, no acertaba traste; y, con todo eso, le hizo creer Loaysa que ya sabía por lo menos dos tonadas; y era lo bueno que el negro se lo creía, y en toda la noche no hizo otra cosa que tañer con la guitarra destemplada y sin las cuerdas necesarias.
Durmieron lo poco que de la noche les quedaba, y, a obra de las seis de la mañana, bajó Carrizales y abrió la puerta de en medio, y también la de la calle, y estuvo esperando al despensero, el cual vino de allí a un poco, y, dando por el torno la comida se volvió a ir, y llamó al negro, que bajase a tomar cebada para la mula y su ración; y, en tomándola, se fue el viejo Carrizales, dejando cerradas ambas puertas, sin echar de ver lo que en la de la calle se había hecho, de que no poco se alegraron maestro y discípulo.
Apenas salió el amo de casa, cuando el negro arrebató la guitarra y comenzó a tocar de tal manera que todas las criadas le oyeron, y por el torno le preguntaron:
­¿Qué es esto, Luis? ¿De cuándo acá tienes tú guitarra, o quién te la ha dado?
­¿Quién me la ha dado? ­respondió Luis­. El mejor músico que hay en el mundo, y el que me ha de enseñar en menos de seis días más de seis mil sones.
­Y ¿dónde está ese músico? ­preguntó la dueña.
­No está muy lejos de aquí ­respondió el negro­; y si no fuera por vergüenza y por el temor que tengo a mi señor, quizá os le enseñara luego, y a fe que os holgásedes de verle.
­Y ¿adónde puede él estar que nosotras le podamos ver ­replicó la dueña­, si en esta casa jamás entró otro hombre que nuestro dueño?
­Ahora bien ­dijo el negro­, no os quiero decir nada hasta que veáis lo que yo sé y él me ha enseñado en el breve tiempo que he dicho.
­Por cierto ­dijo la dueña­ que, si no es algún demonio el que te ha de enseñar, que yo no sé quién te pueda sacar músico con tanta brevedad.
­Andad ­dijo el negro­, que lo oiréis y lo veréis algún día.
­No puede ser eso ­dijo otra doncella­, porque no tenemos ventanas a la calle para poder ver ni oír a nadie.
­Bien está ­dijo el negro­; que para todo hay remedio si no es para escusar la muerte; y más si vosotras sabéis o queréis callar.
­¡Y cómo que callaremos, hermano Luis! ­dijo una de las esclavas­. Callaremos más que si fuésemos mudas; porque te prometo, amigo, que me muero por oír una buena voz, que después que aquí nos emparedaron, ni aun el canto de los pájaros habemos oído.
Todas estas pláticas estaba escuchando Loaysa con grandísimo contento, pareciéndole que todas se encaminaban a la consecución de su gusto, y que la buena suerte había tomado la mano en guiarlas a la medida de su voluntad. (...)
SI QUERÉIS LEER COMPLETA LA NOVELA, PINCHAD EL TÍTULO

miércoles, 2 de abril de 2008

Día de la Mujer en la UCSAR


Es el anfiteatro de la Universidad Católica Santa Rosa (UCSAR), y allí se reunió una buena cantidad de estudiantes el pasado viernes 7 de marzo de este año, en ocasión del Día Internacional de la Mujer... así que el Decano de Desarrollo Pastoral, Social y Estudiantil, profesor Henry Rodríguez tomó una muy buena cantidad de imágenes, y escogí esta, porque recoge un poco el espíritu de la ocasión: ambiente estudiantil, mis alumnos de Comunicación Social, uno de ellos cámara en mano haciendo tomas, en fin, todo propicio para que Juana Francisca diera rienda suelta a su arte.
Ese concierto fue tipo didáctico, es decir, hice una reducción del espectáculo, y entre parte y parte fui explicando pormenores relacionados con la guitarrilla. Por eso estoy de pie, sin mayores aditamentos escénicos, solo con mi traje del siglo XVI.
Mi impresión es que los chicos disfrutaron el momento. Y los profesores también. De esa presentación me surgió otra: mañana jueves a las 7:00 p.m. estaré en el auditorio del Liceo Andrés Bello, en ocasión de la bienvenida a los estudiantes en su nuevo semestre, del Colegio Universitario Francisco de Miranda. Ya les relataré más...