sábado, 21 de abril de 2012

Crónica Minimalista: Me inclino por lo primero

Caracas.- Sabana Grande hervía de fanatismo, a media tarde de este sábado. Pantallas por todas partes exhibían un partido de fútbol. Al parecer no era cualquier partido, sino uno en especial, a juzgar por la cantidad de fanáticos alrededor de cada pantalla. La marcha bajo el sol inclemente me llevó a buscar refugio en el City Market, agua y café de por medio, mientras los vítores iban y venían a cada tanto marcado. Pudo más la curiosidad que la necesidad de descanso, al tratar de ver la actuación de la Vinotinto; pero ¡oh sorpresa! se trataba de los dos rivales españoles, disputando el encuentro. El cansancio y la uniformidad arquitectónica del centro comercial me hizo pensar de pronto que estaba en España. Miré alrededor, y no. El paisaje humano me trajo de regreso a la Tierra de Gracia. No era la Vinotinto, sino una vez más las opciones: o la faramallería criolla, o la imperiosa necesidad de transferir vicariamente quién sabe qué frustración a un fanatismo que nos pertenece. Me inclino por lo primero.

domingo, 15 de abril de 2012

Crónica Minimalista: ¿Dónde está la cámara?

Caracas.- "Resistencia literaria". Así ponen los letreros de los libreros que habitan bajo el puente de la avenida Fuerzas Armadas. Luego de una merecida refacción, ahora los habitáculos de los libros usados exhiben esa frase: "resistencia literaria". ¿Será que son libros que se resisten a ser leídos? ¿un comando especial que no quiere nada con las letras ni lo literario? ¿algún tipo de literatura resistente a qué cosa? (la literatura resiste, los que no resisten son los lectores). Tanta divagación inútil se despabila ante el ronroneo de cuatro motos que pasan raudas por la Urdaneta. La marcha prosigue dejando atrás los devaneos sobre el campo semántico revolucionario y la mirada se detiene ante un excluído de la Misión Negra Hipólita, uno en particular, aquél que duerme su sueño menesteroso dándole cobijo a un perrito… ¿dónde está la cámara?

sábado, 14 de abril de 2012

Crónica Minimalista: Trata de sonar en el Metro

Caracas.- Tu aliento se confunde con el mío, tu cuerpo con el mío, tu ropa con la mía, tu piel con mi piel, tu rostro con mi rostro. Nos apretamos uno contra el otro, más y más. Más. Mucho más… No es un relato erótico. Ni siquiera te conozco. Estamos en un vagón cualquiera del Metro de Caracas, y allá, entre sudores, humores, fluidos, vahos, olores, angustias, desesperanzas; entre señal y señal del cierre de puertas se oye un reguetón. Se intuye a lo lejos otra música parecida. Más allá, algo que parece ser rock. Y entremezclado, quejas y reclamos. Abren las puertas, salen y entran las sardinas a la lata. Afuera en la estación, curiosamente, suena la música de Chopin. La espera por el próximo tren debería hacerse placentera. Sin embargo, los nocturnos, el Vals Brillante, otros valses no menos luminosos tratan de persuadir al caraqueño que vale la pena vivir, a pesar del Metro, y nadie se convence. Más bien, Chopin da urticaria. Algún musicoterapeuta debió haber recomendado tal selección musical, que lamentablemente no combina con las angustias y las prisas, con la violencia citadina. Y es que Chopin mismo, cuando suspiraba por la Sanders, destilaba angustias. El piano de Chopin persigue a los ocupados transeúntes, los conmina a portarse bien, como Beethoven en "La Naranja Mecánica", suenan las teclas prestísimas a lo largo del pasillo de transferencia entre las líneas 1 y 2. Los dedos golpean las teclas y aporrean los tímpanos de los que aguardan en el andén. Adentro, en el vagón, nuevamente en su condición de sardina, el pasajero suspira de alivio, no se sabe si porque finalmente se montó y cree que llegará a su destino, o porque finalmente se libró de Chopin. Del triste Chopin que trata de sonar en el Metro.

martes, 10 de abril de 2012

Crónica Minimalista: La historia de tu ciudad

Caracas.- Sales de la estación del Metro en Capitolio. Subes hacia la esquina de Padre Sierra. Volteas de reojo a tu derecha y ves la sede de la Asamblea Nacional. En Padre Sierra te diriges hacia Las Monjas y esperas ver a los "tarjeteros" que te ofrecen comprar oro, plata, dólares, euros… pero no, es muy temprano. Son casi las siete de la mañana. Miras de frente y te topas con un sol que intenta salir entre la relajada nubosidad mañanera. Lo tienes perpendicular a ti, inevitable. En pocos minutos, te obligará a bajar la mirada. Adelante y a tu derecha está el Palacio Municipal, con su colección Emilio Boggio, que poca gente conoce. La mayoría piensa que es únicamente la belicosa sede de la alcaldía y algunos otros recuerdan que allí, todos los 19 de abril (y el que viene no será la excepción) se lee el acta de apoyo a la restitución de los derechos de Fernando VII. Decides subir en diagonal, por la hipotenusa, y atravesar la plaza Bolívar. Miras hacia arriba, y ves que en la coronilla del Libertador una paloma hace lo suyo. Oyes las fuentes de la plaza, y las aguas que manan tratan de convencerte de una frescura límpida. "Abrebrecha" de Alí Primera, y supones que todo su repertorio después, suena y sonará lacónicamente durante todo el día bajo una carpa roja. Inmortales ardillas, perezas, pájaros y palomas deambulan entre los árboles y ante la siempre mirada asombrada del que pasea por allí. Llegaste a La Torre y contemplas la Catedral pueblerina, y no puedes evitar pensar que la iglesia de San Francisco, unas cuadras más abajo, tiene más pinta de catedral metropolitana que esta fachada blanca nada original. Pero es la que tiene historia y abolengo. Sigues caminando y, como no tienes prisa, retienes el paso. Tienes el sol de frente, bajas la mirada, te pasan los que van tarde al trabajo, te echan humo ahora prohibido, te golpea el olor de la tinta en la prensa. En Madrices, sucumbes ante el aroma del café. Vuelves la mirada y ves el camino recorrido. Sonríes, y no puedes evitar mezclar en tu memoria lo que acabas de recorrer con la historia de tu ciudad.

lunes, 2 de abril de 2012

Crónica Minimalista: A cabo de diez minutos

Caracas.- Solo diez minutos bastaron para que todas las manifestaciones humanas convergieran en la esquina de Ánimas de la avenida Urdaneta. Mientras se hacía la espera, la lenta marcha de los carros no daba oportunidad para el respiro. Un camión de bomberos quiso subir en dirección hacia Miraflores, diez motorizados se apiñaron en dirección contraria, entre carro y carro para ver cuál alcanzaba más pronto su destino. A nueve pasos y medio de mi, una niña ¿adolescente? trataba de calmar el llanto de su muñeca... perdón, de su bebé. El semáforo cambiaba de verde a amarillo, a rojo, a verde, a amarillo, a rojo, a verde, a amarillo, a rojo, a verde, hasta que los colores se cansaron en la retina de los conductores y ni los silbatos de los policías podían contener la avalancha desobediente. Pasó una buseta y unos desgreñados desafinaron una canción de Montaner. Pasó otra, y un acordeón competía con una charrasca y tres voces destempladas, tratando de convencer a su audiencia de que eso merecía unas cuantas monedas. Se acercó un mendigo y se llevó un billetito y una sonrisa, luego pasó la drogadicta sempiterna de La Candelaria, la que cada vez está más y más flaca (hasta la transparencia) cantando invariablemente que le regalen cien bolívares (nunca se enteró del cambio en el cono monetario). Se acercaron los mirones. La bufanda voló hacia el cielo y quiso alcanzar las ramas mustias de un árbol ignorado, en tanto alguna vez llegó el emisario, solo al cabo de diez minutos.