jueves, 27 de enero de 2011

Claude Bolling y la guitarra


Hace muchos años, creo que a principios de los ochenta, descubrimos a Claude Bolling, un autor francés, compositor y pianista de jazz. En aquellos lejanos días, Sabana Grande y Chacaíto albergaban toda suerte de tiendas, entre la polvareda que suponía la construcción de la línea 1 del Metro de Caracas. Entre esas tiendas no podemos dejar de nombrar Musical Magnus, una maravillosa librería y tienda de música en la que se podía encontrar prácticamente de todo. Con Magnus cohabitaron (allí y en otras partes de la ciudad) otras tiendas emblemáticas, como Piña Musical (todavía sobreviviente), Casa Yobers, Musikalia, Mülhbauer... hasta que el régimen cambiario y la desaparición del dólar a 4,30 hicieron que los dueños de esos establecimientos "huyeran" del país (otros quedaron, otros abrieron, como Allegro). Pero esto es tema de otro post en el que se podría destacar que mientras en los 80 florecía el movimiento musical venezolano, en todas sus dimensiones y géneros, las tiendas y librerías musicales iban en franca desaparición.
Pero volvamos a Bolling. Su música resulta interesante porque combina los elementos del jazz con ciertos ingredientes del barroco de Bach, particularmente. La ilustración alude al Concierto para Guitarra y Jazz Piano, una obra en siete movimientos que evoca, sin duda alguna, al Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo. Alexander Lagoya, guitarrista egipcio de padre griego y madre italiana, fallecido hace ya más de una década, fue el primer intérprete de esta obra.
El concierto transmite unas cadencias interesantes, y mezcla compases diversos, como el 10/8, o compases a 7 tiempos, o introduce cambios drásticos en la rítmica, lo cual le da colores y texturas a la música de una complejidad variada. Lamentablemente, a pesar de que el score se consigue con relativa facilidad (¡hoy Amazon o Sheetmusicplus le acercan a uno cualquier cosa!) no es una obra que se toque con frecuencia. De hecho, en Venezuela se ha tocado no más de cinco veces a lo largo de los treinta y tantos años que tiene de compuesta esta suite, y con el auge que el jazz ha tenido en el país.
En cuanto a la parte de la guitarra, Bolling permite que el intérprete se luzca con brillantez y siempre dentro de los parámetros de la interpretación "clásica" o técnica, mientras que el pianistas forzosamente tiene que ser un buen intérprete del jazz, porque de hecho, en la partitura del piano se marcan extensos momentos para la improvisación.
Sin duda una obra que merece la pena escucharse y ejecutarse, y que por algún motivo, cada vez que esta cronista la escucha, evoca aquellos momentos de polvareda entre Sabana Grande y Chacaíto. Sí, ciertamente en esos años no existían el MP3 o el iPod, pero sí había el reproductor a cassette de alta fidelidad, y por ahí anduvimos entre los escombros con los audífonos pegados aprendiendo de memoria una música que cabalga entre los esquemas "clásicos" y el jazz.

martes, 11 de enero de 2011

¿Evolución?

En la imagen tenemos a dos de los primeros instrumentos que llegaron a Venezuela por la vía de Nueva Cádiz, en Cubagua, hacia 1529. El de arriba o a la izquierda, es la guitarrilla o guitarra renacentista, también conocida como vihuela vulgar; mientras que el más grande es la vihuela o vihuela de mano (entre los que necesitaban distinguirla de la vihuela de arco).
La guitarrilla tiene cuatro órdenes y es el instrumento que "evolucionó" (como le tengo alergia a este verbo, lo meto entre comillas) hacia la guitarra moderna, la que conocemos hoy en día; mientras que la vihuela dejó de tocarse o entró en desuso hacia finales del siglo XVII. Mucha gente piensa que la vihuela se convirtió después en guitarra, pero eso es un error. Lo que sí ha ocurrido es que el repertorio para la vihuela ha permanecido hasta la actualidad entre los guitarristas, y de hecho, todavía hoy en día, es de estudio obligado y es repertorio obligado hasta en concursos prestigiosos. Las obras de Luis de Narváez, Diego Pisador, Enríquez de Valderrábano, Alonso de Mudarra, Miguel de Fuenllana y Luis Milán continúan viviendo entre los dedos de los ejecutantes modernos.
Sin embargo, es curioso que la música para guitarrilla apenas se conozca entre los ejecutantes actuales, y si eso es así, el arreglo más cómodo que le hacen es doblar el bajo cambiando la afinación de la sexta cuerda hacia el re grave.
La guitarrilla sí llegó a un punto en el cual el ejecutante del siglo XVI avanzado, debido a los cambios ocurridos en el estilo (cosa absolutamente natural y todavía ocurre, gracias al Dios de las Guitarras), necesitó ampliar las posibilidades del instrumento. Primero se agrandó la caja de resonancia y luego, años más tarde, se le agregó la quinta cuerda. A este modelo de guitarra le llamamos en la actualidad "guitarra barroca". De hecho, esta guitarra conserva la proporción de la afinación de la guitarrilla, más un bajo una cuarta justa hacia lo grave.
Lo que me llama la atención es que en la actualidad, en Venezuela, ha habido un resurgir del cuatro. Últimamente hay cada vez más y mejores ejecutantes del instrumento, que llegan a hacer cosas sorprendentes con el instrumento. Y lo más interesante es que he escuchado decir a algunos ejecutantes que ya el instrumento les "queda corto", como si hubiera necesidad de que el cuatro "evolucionara". Habría que ver hasta qué punto sería esa "evolución", y con las modernas técnicas, sería interesante ver hacia dónde llevan los cuatristas tal "evolución". Esto me hace preguntarme si estamos en un punto igual a 1650, cuando los guitarristas le pusieron la quinta cuerda a la guitarra: en 2011 ¿qué le van a poner al cuatro? ¿cuerdas de metal? ¿sistemas de amplificación o distorsión del sonido? ¿otra caja de resonancia diferente? Habría que ver.

lunes, 3 de enero de 2011

Cuestión de conceptos

Una línea delgada es la que separa la música popular de la llamada "culta", "clásica" o "académica". Lo primero es señalar que llamar popular a la música (o a la expresión artística que sea) resulta relativamente fácil, mientras para lo otro -que entrecomillamos- no lo es tanto, y siempre, siempre hay que dar explicaciones.
Primero, porque lo que es dable y natural es la expresión neta, pura, primaria del arte, es decir, aquello que es expresión natural de la gente. Y allí es donde, normalmente, entra en consideración aquello que llamamos lo popular. En esta categoría entra todo aquello que nos pertenece por legado natural y ancestral, cultural, tradicional (¡entonces es culto lo popular!). Lo que pasa, o pasó y ahora trata de no pasar, es que los siglos XVIII y XIX pesaron muchísimo sobre nuestra visión de lo artístico, y de alguna manera hubo una escisión -que a mi se me antoja artificial- y que no solo hizo muchísimo daño entre los hacedores de la cultura, incluyendo la música, sino entre el público, amante de sus propias expresiones; y también capaz de aceptar todo lo nuevo que venga, elaborado o no.
La guitarra muestra todas estas características, y la música para nuestro instrumento es un claro ejemplo de lo que pasa, pasó, ha pasado y seguirá pasando. Ver la historia de la guitarra es observar una película o una telenovela de amor, en la que la estirpe popular es relegada, ocultada, velada... y solamente es mostrada y exaltada la parte "bonita"... Basta ver, también, cómo los guitarristas del siglo XX se empeñaron duramente por formarse no tanto como músicos, como ejecutantes, como transmisores de un legado musical, sino como virtuosos, acróbatas, maromeros: mientras más rápido se toca, mejor... más importante se es. Todos los que hemos estudiado guitarra hemos pasado por la competencia, primero con el metrónomo (¡no menos de negra igual 90!) y luego con nuestros condiscípulos, a ver quién tocaba más y más rápido, desde los ejercicios técnicos y estudios hasta las piezas de concierto.
El repertorio popular, las serenatas, la música cantada y con acompañamiento para guitarra pasó a ser la vergüenza de los guitarristas "clásicos". De hecho, la música en la cual la guitarra acompaña es anatema entre los guitarristas "de verdad". Un guitarrista "serio" toca solo... y se basta. Cuando un guitarrista expresa su deseo de hacer música de cámara, o de buscar un cantante para hacer Schubert (por ejemplo) o de buscar un violinista para tocar Paganini, más allá de la Sonata Concertata, es muy mal visto... y creo que justamente allí es donde radica la riqueza de la guitarra, en sus infinitas posibilidades para tocar con otros instrumentos, para acompañar, para dejarse acompañar, para dejar de ser la vedette por un momento, para compartir con una buena voz, para serenatear.
En Venezuela, guitarristas como Aquiles Báez o Miguel Delgado Estévez, e incluso Rubén Riera, están dejando un importante legado con el cual demuestran que la guitarra acompaña y puede ser tan virtuosa como cuando se enfrenta a las partituras duras del repertorio guitarrístico. Incluso, en la simple sucesión de acordes sustenta armónicamente la melodía, con agrado, buen gusto. Pienso en Manuel Enrique Pérez Díaz, Raúl Borges o el mismísimo Antonio Lauro y estoy segura de que a ellos no les habría importado para nada compartir ambos mundos: un buen Aranjuez junto a unas deliciosas Serenatas... al oído, mal no le hacen.